El tiempo es de tarde con sol y un poniente con papelitos útiles a la
altura del 3. La plaza está llena y los corrales repletos de novillos
de Esteban Isidro con su alegre divisa y su trote salmantino para (por
este orden): Juan Carlos Benítez (Málaga), Sergio Roldán (Almería), Fran
Ferrer (Murcia), José Magaña (Almería), Antonio Catalán (Salamanca) y
Juanito Silva (Badajoz). Preside Ana Martínez Labella, concejala de
Fiestas mayores con flor en el pelo y soledad en el palco. No se sabe
las costumbres del lugar, pero se deja asesorar. Desde abajo la mira con
disimulada benevolencia (espero) Benjamín Hernández, ese presidente de
elegantes formas e indisimulada estética al que es imposible desligarle
el segundo apellido. Toma, anda, parece parecer que piensa, mientras
Labella arriba, detrás del terciopelo insípido, se sienta y sonríe y da
comienzo al trasiego de pañuelos. Abajo, trasiego típico por el callejón
y una cola de afición ruidosa y alegre por la puerta de sombra, la de
la calle Calvario, por la que los días de abono entra la gente de bien,
pero a la que hoy se le nota en todo la gratuidad al festejo. Hay unas
ganas de toros enormes, si no de qué esas colas y esa antelación de
quinceañera y cantante de moda. Esto está vivo, hay un gusanillo de toda
la vida, un veneno de círculos concéntricos y cagajones que los que no
entienden son incapaces de respetar. En el callejón abrazos y besos y
sonrisas preciosas, amistades como cromos en el álbum de una vida que
contemplamos todos con envidia desde los tendidos. Allí, abajo, entre
los fantasmas sobre cuyas espaldas me encantaría mear desde mi localidad
de barrera, están los hombres y los niños, mirándose todos entre el
amor y el odio que va cabiendo en las apreturas de los burladeros porque
los muchachos oyen hablar de los que no están pero aún conocen a más
que todavía no se han ido. Todos se respetan en los alrededores de la
fiesta, se alegran en la lidia, se envidian en el triunfo y se quieren
en la herida. Y todo eso en un modo elegante como de traje de los
domingos. En esas ando perdido, entre neveras y una devoción que allí
casi nadie sabría explicar, pero por la que todos se santiguan al romano
modo de venerar la vida cuando se inicia el paseíllo.
Desde
Málaga llega Juan Carlos Benítez con sus manos grandes como las que
Arteaga le hizo a la Cena que hay en San Pedro y una sonrisa de familia y
esos ojillos chiquitillos, oscuros, bajo el peso de una cejas personales
y el azul añil de un traje que no le llega entero al final de la faena.
Antes recibe al novillo de Esteban Isidro que va marcado con un enorme
cinco y un enorme cero con unas verónicas algo apresuradas. Sergio
Roldán, de la tierra, se aplaca los nervios del burladero al albero y se
termina de quedar mejor con un quite sin petos a lo lejos por gaoneras
apretadas y una media un tanto brusca. Con las banderillas le sigue
Benítez con un par primero fallido, después desprendido, el segundo
aplaudido y el tercero malo, que él lo tiene que saber porque se trae al
callejón cara de circunstancia. Coge los trastos, que es como creo que
los que de esto no saben mucho, pero lo quieren parecer, llaman a la
muleta. Se la lleva, la monta con la izquierda mientras la sujeta con la
derecha y va sacando al animal desde el tercio. Hace un vientecillo feo
y el novillo le pisa la muleta que suena con eco como sonaban los
pantalones que se les rompían a los niños antes del 18 de julio y se le
seguían rompiendo después. Benítez le grita toro, toro, toro al novillo
mientras intercala vistazos al callejón. El novillo, por cierto, tiene
tan poca plasticidad por aquello de las banderillas que le afean, que ni
López Canito, oye, pero por el pitón derecho embiste bien. Por el otro
entra dócil, aunque con unos arreones que van afeando la deslavazada
faena del malagueño. La tensión va yéndose, que eso se nota, aunque hay
mérito (algo) en la mano izquierda. Reaparece la confianza, el público
entiende a lo que estamos hoy y es magnánimo de más, que eso en Almería
es como se suele ser. Así que todos empezamos a disfrutar, tendidos,
grada, la castigada andanada y Benítez abajo. Entonces llega el
revolcón, una caída fea y uno o dos pisotones, la cabeza, la conmoción,
el camino a la enfermería y el trago amargo para Roldán que tiene que
salir a matar al animal. La espada se le queda un poco de aquella
manera, sale escupida y el novillo se va muriendo, otro pinchazo,
murmullos, otro, Chopera en el callejón y Benítez reaparece desarmado,
orgulloso desde la enfermería, la plaza en pie, el pantalón roto y el
chaleco elegante. Como si nada, él sigue toreando a su animal, al que
entra a matar a su segunda intentona con una estocada hasta la bola. Se
lleva una oreja que no se merecerá el día que sea matador, pero hoy pues
sí. Termina, en detalle, cuando lo tengo cerca, con la camisa blanca
chorreando, el sudor del trabajo, los nervios, el susto, la humedad, el calor, todo o parte y la sangre fresca y brillante. Da la vuelta al ruedo con unas ramas de romero.
Ameniza
la espera el tiro de mulillas inexpertas o resabiadas, que no se sabe
que es peor, y los jornaleros del arrastre que están para eso. Se dilata
el proceso, se alarga el festejo y las tres mulas que no se quieren ir.
O se quieren, pero no arrastrando del novillo. Normal. A la plaza no se
viene a trabajar. Eso sólo es para Góngora de primero y Carreño de
segundo que aprovecha para ofrecer sus latas y poco más. ¿Qué es eso de
trabajar en los toros? O pagar. Anda ya.
Sergio Roldán estrena
traje, me dicen. Verde, veo. Esperanza leo. Le toca un novillo bizco,
con el morrillo alto y la cara simpática. Va marcado con el cinco y el
dos y es despachado con unas verónicas y una media a las que tampoco la
gente es que les haya prestado mucha atención. El quite, deslucido, lo
hace Fran Ferrer con un capote azul. Aplausos tímidos. Rosa/plata pone
un buen par por el derecho, azul/plata pésimo en el primer intento del
suyo mejora a la segunda y suenan los clarines. Que lo hacen, por
cierto, a disco de la Deutsche Grammophon, así como te lo digo. Roldán
aprovecha, brinda lo que está por venir al público de su ciudad y
piensa: capote 0, a ver si muleta uno o dos goles. Se dobla, tanto que
se sacrifica en centímetros con la izquierda, se cruza, le grita al
novillo, se pone en torero y despacha al animal con solvencia y
naturales profundos que van llegándole a la gente. Pero el toro comienza
a aburrírsele a Roldán y se le va como te da puerta una chati en el bar
cuando hay una evidente desproporción entre las copas que se ha tomado
uno y las que lleva ella. Se le va al 6 y Roldán que va detrás a matarlo
con el revolcón evitado. En el 7 le abusa la faena aunque, bueno, con
el acero en la mano que ya va haciéndole falta a la tarde y lo mata
donde el burladero de los areneros. Para el preciso, entre el de los
mulilleros y el de los areneros, pero el toro se amorra en el 5. A
Roldán no le queda otra que sacar la espada que está entera dentro como
entero está el novillo. El repertorio que sigue es el clásico: un aviso,
al tercer descabello acierto, un apéndice a Labella que le pide la
gente y Labella dos que le regala. En el arrastre ya no sale la mula
resabiada.
Fran Ferrer, no sé si de tabaco y oro o siena, recibe
al tercero de la tarde con un intento de verónicas de las que se le ven a
Morante por la tele. Lleva un ocho y un cero en el costillar y José
Magaña le dispensa unas chicuelinas para el quite que deja con torería y
remata con una media. El novillo llega a la muleta con un único par
puesto y Ferrer no usa gomina. Mientras torea con la derecha me fijo en
su mano izquierda, abierta, con los dedos estirados entre brincos del
novillo delgadito, joven y mozuelo de Esteban Isidro. Y pienso como los
poetas del XIX en unas cosas mientras veían otras. Ferrer torea mucho
esta tarde con la derecha. No sé si es cosa de la tarde, que se ha
puesto así, o qué, pero el caso es que me fijo en eso, en que torea
mucho con la derecha y en que abre la mano izquierda con tensión de
escultura de Bernini y queda muy bello todo. A todo esto Ferrer no para
de darle muletazos intrascendentes al novillo así como entre un
abanicarlo y un marear la perdiz que aburre. El murmullo va yendo a más y
cae media estocada sin efecto que cae, tertulia de plata en el tercio,
otro pinchazo y un aviso así que Ferrer se lleva al animal del tendido 2
al 6. Pero allí tampoco lo mata. Se le carga la postura de vergüenza
torera en la espera y al cuarto asalto le entra la espada que mata y
remata al animal con efectividad pasmosa, pero es tan tímida la petición
de la grada que hasta Labella parece estoica. Pero hasta ella sabe que
no le hace falta.
A José Magaña, de azul rey y oro, le sale un
novillo colorao, que es como los viejos que tengo alrededor le dicen a
los toros que son como marrones o rojos. De primeras no lo veo. Me pilla
la cosa en los urinarios, que hay cola y presencio la historia de
España compendiada en la cola para mear. A resultas del asunto y el
trasunto que hay bajo la grada, los hombres allí antiguos unos, jóvenes
otros, niños bastantes, educados un par, peligrosos cuatro y procaces
los más aguardando para accionar el mecanismo de miccionar, hay un varón
de polo falso de señorito como de tener tierras pero, como mucho, en el
riñón que saca un carnet, espeta preferencia y se cuela. A mí eso me
retrasa continuar abocetando en mi Moleskine la tarde, pero me encantó
por aquello de compendiar en un instante, en apenas unos sucios metros
cuadrados la realidad de España desde Felipe II o antes. Cuando llego,
Juan Antonio Barrios está haciendo su trabajo social, el de las crónicas
que interesan en el vomitorio, grabando la aplaudida faena de
Magaña que, cuando llego, como digo, torea con la izquierda. Magaña
tiene una cara angulosa de esas que lo mismo le valen a Madonna para un
vídeo que a Urtain para batirse y la cosa no debe andar muy
desencaminada porque la brega es como una película de William Keighley.
Primero el novillo, que no se para y le da a Magaña una guerra terrible.
Le afea los intentos. Mi cuñado dice que va todo descompasado, pero a
mí me parece mucho más esclarecedor advertir al que no fue y recordar al
que sí, que el novillo embiste a la italiana, que no es más que
traspasarle las miserias al otro, al rival, al oponente. Magaña no para
de arreglar los trastos y lo despacha antiguo, con oficio, pero al
trincherazo en el 1 le sigue un paletazo directo a la mandíbula efectivo
como un crochet de esos que te tumban en la lona. Venga sustos. Ahora
en el 8, que al entrar a matar no se sabe quién va a por quién. Todo es
un tanto épico o peligroso, o temerario, pero finalmente la victoria se
la lleva el bueno de la película que a casa se lleva también dos orejas y
un niño en brazos.
Antonio Catalán trae de Salamanca un traje
añil y oro. El quite le sucede con Juanito Silva que lo termina por
chicuelinas con el dedo índice apuntando al cielo. Morado/plata planta
un par de banderillas coloreadas como con nuestra cruz de San Jorge algo
retrasadas, pero asomadas. Olivencia pone uno bueno, se cae y se lleva a
casa una paliza. Hay cola en la enfermería como en la oficina del INEM
de la calle San Lorenzo adonde llega con la ceja izquierda abierta como
las carnes de la madre de un torero. A Catalán, mientras, toreando con
la mano derecha le empieza a brillar el oro de los alamares. Mi suegro
lo disfruta. Me señala el temple. Yo le aprecio la inquietud, en cambio.
El novillo lo coge, pero menos mal que Catalán sabe quedarse quieto
mientras la cuadrilla cruza el puente de Rioja. Mientras tanto en mi
rededor se sigue abundando en el temple, se dice ya que es lo mejor de
la tarde y las latas de caviar empiezan a llegar de Rusia. Y a esto que
lo mejor de la tarde llega de verdad con la mano izquierda, rematando
una serie que aún sin terminar ha sido, es y será lo mejor del día. El
novillo se huele el percal y descubre el cartón y la trampa. Dos o tres
veces, vamos, así que toca ya coger el sable de acero cual caballero e
irse directo a él. Un aviso y el toro cae con rotundidad teatral y un puntito de histrionismo. Así adorna la despedida, que se le ve alejarse a Manolo Bretones con dos apéndices.
Por
último, Juanito Silva, de rosa y oro, de Badajoz y con oficio, con
buenos consejos desde las tablas y con una serie en redondo con el
flequillo simpático y un novillo despistado que sale paseando mirando a
los tendidos. Silva, de rodillas, exprime lo último que le queda a un
animal entrañable que ha venido de turisteo. La gente le dice que lo
mate y le llevan los artefactos al 6, luego al 7 y él se lleva un susto.
La faena se dilata como los chicles cuando los llevas tres horas en la
boca. Silva entra dos veces a matar, bien, pero mal. La tercera parece
mejor y el toro se vuelve a morir al 6 entre olor a purillos y saltos de
Juanito Silva. Dos orejas también para él. Ha sido de lo mejor de una
tarde que no ha sido mala, unos animales que han ayudado bastante aunque
mañana ya nadie se acuerde de ellos y que han servido para entretener a
la afición y darle de beber al sediento. Los chavales con huevos más
grandes que el caballo del Espartero salen algunos a hombros, otros
andando, más hombres, más toreros, más sabidos, más expertos, más
versados que entraron. De eso se trataba. De eso ha ido todo.
José Ramón Suárez Ortiz


